Si la vida te da limones, haz lo que sea menos limonada

café en la cama y libro

Aquí estoy de vuelta después de mucho tiempo. Café en mano y cientos volando a mi alrededor. Adoro el café. Había una época en la que era de otro universo imaginar que diría eso de: “¿Puede ser un café en lugar de postre?”. ¡Qué locura! Pero pasó. ¿Me estaré volviendo una personita mayor? Lo que sí sé es que por mucho que la vida me dé limones, me niego a hacer limonada y caer en este convincionalismo. 

A ver, que ninguna chocolatelover se me ponga a temblar ni se le derritan las neuronas cual coulant recién sacado del horno. El dulce siempre es bienvenido aunque intento que sea en su versión más saludable. Y no, no estoy en modo voy-a-inventarme-un-montón-de-propósitos-de-año-nuevo-que-ni-en-tres-decádas-seré-capaz-de-cumplir. Más bien es el estilo de vida que necesito recuperar. Ese del que os hablé que me había ido de maravilla y que por momentos turbulentos lo abandoné.

café y chocolate
Foto by Christiann Koepke

La vida de vez en cuando está sacudida por grandes movimientos sísmicos o pasas por mareas bajas que llegan de repente y que te cambian tu rutina. La bueno es no tomárselo como un sunami sino como una oportunidad para que fluyan nuevas aventuras.

En mayo me anunciaron que la empresa dónde trabaja rescindían de todos los trabajadores y se quedaban sólo los dos fundadores [cara de susto]. Pero lo entendía la perfección. Nos lo dijeron con antelación, pero fueron unos meses un tanto montaña rusa. Decidí que me tomaría un tiempo para mí, aunque no hiciera nada o lo hiciera todo, sería MI TIEMPO. Terminé. Me fui. Pensé. Lloré. Me reí. Y volví a pensar.

Tenía horas para hacerlo, pero no me sentía con ganas de escribir. Estaba bien anímicamente, pero quería un parón. Un parón de todo. Necesitaba desconectar de lo que hacía en mi rutina. Y nos fuimos a Nueva York en julio. No fue de imprevisto, lo teníamos planeado desde abril. Bueno, en abril compramos los billetes y o planificamos las semanas antes de coger nuestro vuelo. Cuando pasó todo, mi pareja me dijo: “No te preocupes, lo cancelamos todo y nos quedamos” y mi respuesta fue de lo más tajante: “Como lo cancelemos, empezaré a pensar que las paredes hablan”. Y nos fuimos. Lo vivimos. Nos enamoramos de sus calles. Y también de las de Philadelphia y de las de Washington, y de nuevo de las de Nueva York.

Comimos y caminamos como si nuestros pies fuesen nubes de algodón de Coney Island y terminaron hechos guacamole. Y, sin embargo, seguíamos riendo. También nos peleamos. Uno quería recorrer al milímetro cada sendero de Central Park y el otro buscaba el Magnolia’s Bakery más cercano. Creo que os podéis imaginar quién era quién. Pero hicimos ambas cosas.

Volví a mi realidad. Seguía sin trabajo. Y con la fermeza que la Ley de Murphy es de esas que siempre, siempre se cumplen. Creo que se rompería la Ley de la Gravedad que ésta. Tienes trabajo y te llueven las ofertas, pero cuando las buscas, son más complicadas de encontrar que una reserva en el Celler de Can Roca. Y sonó el teléfono. Era un antiguo contacto con el que había trabajado casi en mis inicios laborales. A ver, tampoco hace tanto, unos 5 años. Y aquí estoy, explicando una historia que parece tan lejana y apenas han pasado unos meses. Estuve (y estoy) bien y a veces pienso que no le saqué el jugo que debía.

Nunca penséis que un bache es un pozo. Ni que por fuerte que rompan las olas contra las rocas, nunca volverá a estar el mar en calma. Todo vuelve a ser y si no, construid vuestro propio camino porque lo peor que podéis hacer es pensar que no podéis salir.

Vivimos en una época en la que se nos ha acostumbrado que todo lo tenemos fácil, con pocos gestos. Con un ‘swipe up’, un poco de scroll o un par de clics y, luego, resulta que cuando nos encontramos con una piedrecita pequeña se nos puede hacer un mundo.

emilio-garcia menorca punta nati
Foto by Emilio Garcia

Pasadlo mal en la vida. Sí, en serio y así en general. Os ayudará a ver que lo que en otros momentos os parecía insuperables no eran nada. Os hará fuertes, os hará capaces de mucho más de lo que pensáis.

En mi mesa solo queda mi taza de Nueva York que me compré en Starbucks con la cuchara y una gota que atraviesa el Empire State. Al lado la novela de Joël Dicker ‘El Libro de los Baltimore’ que, todo sea de paso, os recomiendo.

Así que os dejo por hoy.

Nos leemos.

Firmado,

M.

Sal y Dulzura - marga camps - Nueva york

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